sábado, agosto 09, 2008

Por la mañana

Tu recuerdo despertó
en la trágica víspera de tu ida definitiva.

Mi pecho ansioso te tuvo
como en otro tiempo: alegre, pura y mía.

Y el despertar amargo
se quedó extrañando el sueño en el que eres tú,
vida mía.

miércoles, julio 30, 2008

La Valse d'Amelie

La música llena la sala. El piano va adueñándose del ambiente y lo comparte con el humo del cigarrillo que, fuera de ritmo, baila caprichosamente hasta desaparecer. Yo estoy quieto y veo las notas formar tu nombre en el aire. Andante. Quisiera poder tocar así, no sé quién es, pero está invocándote en cada tecla y sus silencios son los míos. Sus agudos son tus lágrimas, sus graves mis ideas nocturnas y sus silencios, los míos, otra vez.

Esta noche el mar enfría las calles. El piano sigue, constante en sus movimientos como el tiempo, inconsciente de cualquier cosa que escape a sí mismo, a todo lo que está más allá de él. Tu nombre reverbera sutil entre los compases. Contrapunto. Los cigarros, como las notas, no dejan de aparecer, uno tras otro, como si fueran uno, al igual que las notas. Y se deshacen en sí mismos, como las notas. Notas y humo. Teclas y cigarros. Y yo. Y tú, sabe Dios dónde.

Adagio. El humo se calma. Me entiende, es comprensivo esta noche, es compañía, es la reafirmación de la soledad, aquella soledad que es peor cuando es de noche y solo suena un piano y el crujir del cigarrillo consumirse sin haberlo tocado.





sábado, junio 28, 2008

Las reminiscencias del pisco

22 de Junio, 1954
Dos horas antes del primer vals, Fernando acababa de ponerse los zapatos recién lustrados y que compró especialmente para el día de su cumpleaños, pero que tendrá que usar hoy, una semana antes. Ramiro García, amigo de infancia y confidente indudable, lo buscó, saludó a Don Manuel, padre de Fernando y conversó un momento con él hasta que Fernando salió. Don Manuel era de maneras correctísimas y una severidad inquebrantable. La frente amplia, marca registrada de su estirpe, la estiraba pausadamente al hablar, y como los suyos, inhalaba a veces de manera forzosa, breve, una que otra vez, entre las palabras. Eran las ocho y cuarenta cuando Fernando, luego de despedirse rápidamente de su padre, salió de la casa en la avenida Bolivia, atravesó el portón de madera atemporal y, acompañado de Ramiro que ya iba prendiendo un cigarrillo, se dirigió a Magdalena Vieja, que años más tarde se llamaría Pueblo Libre. Ya adornaba su cara con un fino bigote y la piel nacarada y aún lozana a sus veinte años contrastaba con el negro azabache de su atuendo. Llegaron al bar Queirolo una hora antes del primer vals.

En el bar saludaron con una broma a Bautista, el mozo que usualmente los atendía y que siempre les regalaba, por noche, un chiste al menos. Se sentaron y sin demora, pero de manera natural llegó la primera botella de Pisco. Luego llegaron Eduardo y Pedro, se unieron a la mesa. Finalmente sonó el primer vals, en todo caso, le prestaron atención a un vals por primera vez desde que llegaron. Ese viernes decidieron ir un poco más lejos, no ir al Cordano, sino al Queirolo, porque el cumpleaños de Catalina, la novia de Eduardo se celebraría a unas cuadras. El bar se fundó poco después de la llegada de la familia Queirolo a Perú en la penúltima década de 1800.

Cuando acabó la botella, hora y media después, pidieron otra, siempre de uva Quebranta, pero esta vez para llevar. De todas maneras terminarían pasando por el Cordano, luego de la jarana de rompe y raja que los esperaba porque el padre de Catalina era iqueño, buen cantante y mejor cajonero, antes de ir a casa para comer un sánguche de jamón del país antes de dormir. Y a lo mejor un pisco ahí también, como para acompañar.


3 de Agosto, 1979
Habían pasado la tarde en la playa y luego de un almuerzo fugaz en la pizzería del chino en la Calle de las Pizzas, calabaza calabaza, cada uno a su casa para un breve, pero necesario duchazo. A la casa de Tavo siempre había un motivo para ir. Si no era por algún cumpleaños o para escuchar música hasta que los párpados triunfen sobre las ganas de seguir despierto escuchando aquellas melodías inverosímiles, vicserales, que se llaman rock ‘n’ roll, era para tomarse un trago. Un ron.

Ernesto llegó a la casa de Tavo, trae bajo el brazo un LP de Slade en vivo y bajo el otro una botella de ron. A Ambos les gusta el criollismo, es un afán que les viene de casa, pero que llevan escondido. Las jaranas de sus padres no son las suyas, no son con cajón y vals, ahora ya no, ahora son veinteañeros que se gozan en los solos de guitarra de Jimy Page y menos en los de Óscar Aviles, y que han olvidado el pisco, poco a poco, como si su presencia se fuera borrando sin que se den cuenta, como el humo final del último cigarro de la madrugada.

A raíz de la reforma agraria y la subsecuente baja en la producción agrícola la producción de pisco bajó, el consumo también disminuyó considerablemente y la moda estadounidense se fue imponiendo con los años, en los pantalones acampanados, los pelos largos, en las estridentes tonadas rockeras, las pegajosas melodías disco y en los tragos, en este caso, el ron. Algo curioso en pleno gobierno militar antiamericano, autoproclamado revolucionario.

28 de Octubre, 2004
Ya habían pasado tres horas desde que recibimos el santo de mi padre, y luego de los chistes y los bocaditos, cuando las anécdotas iban naciendo, se abrió la primera botella de pisco. Detrás quedaban las demás, detrás iba quedando también la noche que poco a poco se encrudecía y se convertía en mañana. Yo quiero que escuches la imagen de mi alma que te ama y te adora como una aventura que nadie ha gozado, tu nombre quedará grabado para ser dichoso por tu falso amor. Se abrió, como si nada, la segunda botella y ahora es Fernando, el mayor, el papá, Don Fernando, el que cuenta como eran los cumpleaños en su época. Una época que tiene de picardía y que se figura en la imaginación en blanco y negro, con gomina en el cabello y piropos elegantes. Como duraban dos, tres días, como esa era jarana, no como ahora, que se emborrachan y punto, nada de baile, nada de risa, solo borrachera. Y un traguito de pisco, porque al que toca y al que canta se le seca la garganta. Otro más, por el dueño del santo. Alguien dice por el santo del dueño y en la confusión de las palabras se confunden también, otra vez, las generaciones, porque ahora es Ernesto, el hijo, el dueño del santo o santo del dueño, el que toma la palabra. Ese secreto que tienes conmigo nadie lo sabrá.

La mañana se va acercando y la conversación salta entre los vasos y el humo discreto de algunos cigarrillos. La radio se detiene y el acorde brusco, varonil, rasposo de la guitarra da pase, mientras perdura en el ambiente, al coro desafinado, intestinal, apasionado, de cinco amigos, un señor elegante y un joven que acaba de dejar de ser niño, hace tan poco, que aún no se entera del todo de la noticia. Mechita tú eres linda tus ojos, tus ojos me fascinan tu boca, tu boquita divina quisiera, quisiera yo besar. Los ojos se cierran y las gargantas se unen y de cada uno salen las mismas palabras, pero con historias distintas.

Todos cantan, aplauden. Juan Carlos se levanta, alza la voz y canta, los demás callan poco a poco hasta acompañarlo con susurros y él domina la sala. Canta como si fuera a morir, como si fuera la última vez que cantara, sabiendo en el fondo que sería la última vez que cantaría con Don Fernando, a quien tanto quiso, antes que se lo lleve el cáncer. Yo, que lo acompaño algo tímido, veo a mi papá con las cucharas y a mi abuelo con una sonrisa plena y llevado el compás con las palmas, al igual que mi tío Tavo. Canta guitarra porque eres mi voz de dolor. Curro no lo pide, no al menos en voz alta, porque arranca de la guitarra acústica que hay en casa los sonidos más intensos que se puede. Ven sobrino –me dice–, toca, aprende, que tienes cara de que le entras a la jarana. Dale chino, dice mi papá sin verme, toca tu también. La mañana cae. El sueño me tumba y la cuarta botella de pisco se tumba en la mesa, cuando entra una más, no hay quinto malo, escuché alguna vez. El aguadito estará listo en media horita.

Las brechas generacionales son, de alguna manera, el gran problema de las familias. El catalizador de las disfunciones y es mediante aquellas cosas que las achican, que se nos hace llevadera la convivencia, que nos endulzamos el recuerdo por las bondades de la memoria y las conveniencias del olvido. Las brechas entre mi abuelo y mi padre desaparecían, poco a poco, entre la música criolla y el pisco. Cuando se encontraban en las sonrisas de la fiesta, sentados, amigos, en un amor más profundo que sus diferencias, jamás ebrios, nunca ofensivos, siempre con un chiste y un salud. Otro salud más, que uno no es ninguno.

Algunos años después, cachimbo inocente, hicimos –aunque ya casi todos los entusiastas de aquella tarde hemos tomado nuestro propio camino– un pacto tácito al bebernos dos botellas de pisco a la salida de clases. Pisco de dudosa procedencia, dicho sea de paso. Con mis primos era lo mismo, pero siempre. Con la promo, con los primos, con papá, entre sus amigos y criollazos chistes, entre vaso y vaso, entre piqueo y piqueo, nos quedaban, a todos, el sabor de la palomillada. El gusto, tras el paladar, de la amistad, aquella que aun es niña y que dejamos sacar, Dios bendito, de cuando en cuando.

miércoles, junio 18, 2008

Despedidas

No hay peor ida que aquella que se hace sin haber llegado,
que aquella que ves desde antes del arribo.
No hay peor despedida
que la que que se repite tantas veces que pierdes la cuenta
y se te agotan los adioses por la mano estática de frio.
Que aquellas que se hacen sin antes haber saludado.

No hay peor frio que el que congela desde dentro hacia afuera,
ni peor calor
que el que abraza el punto medio y profundo del pecho.
No hay peor clima que la soledad,
ni mejor exorcismo para un corazón roto que la propia pena.

No hay conclusión más ingrata
que la que te deja con los ojos secos y las manos vacías.

martes, junio 03, 2008

De(s)memoria

Se me perdieron las ganas y los esfuerzos pequeñitos, camuflados, desahuciados;
la mañana se hizo un poco más llevadera y me doliste,
cómo me doliste,
en los pulmones y en la resaca
de un recuerdo que evocaba lo que nunca pasó,
que intentó sin fuerzas y sin triunfo ser lo que pasará;
el humo antes del primer cigarro,
el temblor sin beso;
la calma sin satisfacción, sin tristeza por venir.

Se me mezclaron las ausencias en una despedida tardía o un saludo prematuro.

domingo, junio 01, 2008

Reminiscencia

Es mi palabra pequeña e inútil
frente al gigante monumento
de todo lo que fuiste y eres,
como una semilla seca
en el valle inmaculado de tu vientre.

Viva, la rosa,
en aquella sonrisa, en aquella nostalgia.

viernes, mayo 16, 2008

Ganas-texto breve

Hoy tengo ganas de amanecer con un vaso medio lleno en la mano y con humo escalando mis brazos y coqueteándome tras las orejas, quedándose en mi cabello. Quiero hablar de ti toda la noche sin decir tu nombre, sin llamarte para no verte y morirme de ganas de hacerlo. Quiero dar vueltas, caminar entre las calles mías que tantas veces compartimos, de un lado al otro, entre la neblina, como si tuviera que ir entre este vapor helado y percudido y quebrarlo, impregnarlo de mí y de mis palabras que son tú con otro nombre, que tienen tus olores y tu sonrisa, otra vez la sonrisa que sueltas cuando tomas, otra vez, y ahora tengo ganas de sonreírte y esa sonrisa, aquella tuya que se me hace mía en noches como esta, me da vueltas y el humo que sube, y el vaso que se llena, y la sonrisa que vuelve y la luz dorada que nace del poste en la neblina, y el humo que sale de mi nariz dibujando tu sonrisa, otra vez, frente a mí cuando cierro los ojos y la veo ahí, cerca, tan cerca, cuando cierro los ojos y está ahí frente a mí, esta noche, otra vez.

Amaneceré caminando, quizá sentado, con un vaso medio lleno, terco, con humo saliendo por mi nariz y dibujándote, dibujando la sonrisa y los ojos que se te hacen diminutos al sonreír, tras de mi con el humo que se va gentil, humano, mío.

miércoles, mayo 14, 2008

Petición-texto corto

Amémonos. Amémonos como antes, como cuando todo era nuevo, como cuando el sol se nos filtraba puro por las ventanas, entre las cortinas que revoloteaban, como nosotros, en perpetua sonrisa y emoción. Déjame abrazarte como antes, cuando temblabas un poco mientras descubría tus siluetas y los contornos vírgenes de tu cuerpo.

Abrázame, abrázame con el olor de la felicidad que destilabas sintiéndote mía, viéndote reflejada en mis ojos y en el espacio absoluto de mi pensamiento, repitiendo por siempre nuestros dedos cruzándose, sellando un juramento y un baile.

Tenme una vez más, como antes, como si fuéramos tú y yo, aquellos que éramos antes de ser estos que somos, que se inmolaban de amor bajo algunas hojas sin tiempo y en las caminatas de neblina. Ámame, tenme, suspira y muere en mi pecho agitado en el momento en que se une a ti.

Ámame al momento exacto que te amo, una última vez –si quieres luego te puedes ir, esta vez en serio, para siempre–, que luego yo me las arreglo con el dolor.

viernes, abril 04, 2008

Peréntesis

Desde la pequeña plazuela de Trípoli, sentado en una de las bancas, Renato Castillo pensó en...nada. Tenía una leve sonrisa marca en el rostro, elevada hacia la derecha, su lado distintivo según pensó alguna vez y que habría vuelto a pensar en este momento, si es que pudiera pensar en algo. La plazuela está rodeada por dos escaleras que nacen y mueren juntas, bordeando su área humilde de pequeños jardines laterales y cuatro bancas bipersonales. Al frente está la pista de un solo carril, desde donde se ve el Terrazas y tras un muro pequeño la ladera verdísima que da a la Bajada Balta para ir a la playa. Renato disfrutaba pasar algunas horas ahí, pensando, viendo el color del cielo cambiar, algunos autos pasar, oliendo los yantenes a veces húmedos y fumando marihuana. Pero aquel jueves no podía disfrutar de todo el paquete completo, pues se reconoció incapaz de pensar en algo. No podía divagar y sin inmutarse se sintió -mas no se pensó- mutilado de alguna manera.

Renato no podía pensar en nada, por más que lo intentara, como de hecho hizo. Estaba vivo, lo sabía, respiraba, veía y olía los yantenes y el pasto húmedo por la garúa de la mañana. Se podía mover libremente y podía pensar en su incapacidad para pensar en algo. Pero nada más. No pudo pensar en camiones, ni caimanes, no pudo pensar en Angella, ni en el baterista de Incubus. En su mente aparecía la imagen de un camión, de un caimán, aparecía deslumbrante el rostro claro y lozano de Angella alguna mañana de mayo despertándolo, o el nombre Incubus, pero nada más. No generaba nada, ni una idea, solo imágenes estáticas, como cuadros lejanos, como memorias ajenas.

La sonrisa se le borró y surgió nuevamente, involuntaria tras unos minutos. Se levantó, se acomodó el encendedor en el bolsillo y cruzó los brazos. Cruzó la pista hacia el muro que divide la ladera de la vereda y se sentó ahí. Trató de pensar en algo distinto. La gasolina, los uñeros, una película. Nada. Lo mismo que antes, solo imagenes, como cartillas que se levantan para identificar un nombre con el objeto que representa y fin. Reanato no se sintió frustrado a pesar de sentirse mutilado de alguna manera aún inexplicable para él, no perdió la calma, al contrario lo tomó como una distracción.

Antes del atardecer, tras varias horas entre el muro y las bancas, ida y vuelta, cigarros van, cigarros vienen, se sacudió como si estuviera lleno de polvo o pica pica y caminó a casa. Unas horas después, contándole a Santiago con algo de emoción lo que le sucedió en la plazuela se dio cuenta que a unos metros de las bancas en dirección a su casa, comenzó a pensar nuevamente. Fue tan natural como el vaivén de las olas o como la respiración tras un hipo intruso. La mañana siguiente Renato olió los yantenes otra vez húmedos y pensó otra vez cómo sería no pensar en nada.

martes, marzo 04, 2008

Tres y una más

Me has dejado
y te has ido tres veces sin regresar,
y luego te volviste a ir
como para que quede claro
que me has dejado tres veces y una más.

Y me has dejado el recuerdo
de tus cigarros y el silencio amargo
de la última cama con nuestro olor.

El sabor áspero
de verte partir tres veces, y por si pasa algo,
una vez más.

miércoles, febrero 13, 2008

La Espera IV

Las tardes se hacen largas acá, echado, viendo los colores pasar en el cielo, cuando puedo, hasta morir en la negrura cerrada de la noche. Es siempre lo mismo, tantear el paso de las nubes desgarradas, echas jirones moteados en el cielo, viendo algunas palomas volar sin poder oírlas. En las noches se repite todo, con las luces ámbar de la ciudad que poco a poco duerme y yo la sigo viendo, desde acá, como si fuera eterno, sin tiempo. Como un astro o una montaña.

Me doy cuenta del paso del tiempo viéndome las manos, es la única manera que encuentro de notar los meses que van quedándose atrás. Estoy cansado, hundido en la cama otra vez, gris –supongo- en medio de este mundo que gira y se mantiene igual, haciéndose el prefacio de un libro inexistente, el preludio a una canción que jamás nació, el beso y la caricia del amor que nunca se consumó.

Tengo los días tugurizados en la espalda dentro de las costras invisibles de la espera. Esta cama ya es parte mía, como la roca de Prometeo, y tan solo como él, desde acá arriba, me gasto constante, en la respiración terca. La sien me duele un poco, voltearé la cara a la derecha, la almohada con los meses se me ha hecho bastante cómoda, a ver por la ventana hasta que se acaben el cielo y las palomas mudas.

lunes, febrero 11, 2008

La Espera III

La manera que tienes de sonreír cuando levantas la vista, luego de apagar el cigarro en el cenicero que, a pesar de las horas y las colillas parece no llenarse jamás. Ésa manera, que nace cuando los tragos se nos confunden con las horas y con los abrazos, se me quedó incrustada en el costado y en los sueños de las tardes líquidas, pausadas, seguras del paso. Otro cigarro más y ahora ya no sonríes, ya no estás acá, nunca estuviste. Otro cigarro más, a ver si vuelves.

La noche avanza. Afuera los autos ya no pasan con tanta frecuencia y adentro la música sigue naciendo, acompañando, sugiriendo direcciones en la conversación. La noche se detiene. No avanza y tú no hablas, yo miro el vaso y exhalo sin prisa, y me doy cuenta que se quedará quietecita, con un aire a temor y otro a jardín, como esperando hasta que hables y sonrías otra vez, así como yo. La noche avanza, invariablemente, y se muere en un rosado sin glorias.

Las distancias se multiplican en tus silencios y yo creo que eres cómplice y a lo mejor yo también, cómo saber. Hoy voy a imaginarte caramelo, verde y un poco astuta. Me quedo en blanco, agotándome poco a poco, mientras sigues indiferente, pero dulce, tan dulce en el recuerdo.

lunes, enero 28, 2008

Retazos II

Hoy el cielo está hermoso, pensó Harry mirando hacia arriba como estúpido. El celeste estaba clarísimo, era como ver una impresión de alta definición. Por lo general el cielo de Lima es cerrado, patético, pero por encima de todo es gris y es por eso que se cambiaron roles, el gris impersonal y sofocante ya no es nube, es ahora cielo. Cuando se abre algún espacio en esta frazada ruinosa y se ve el cielo, parece que esa excepción fuera una nube, y que ese engrudo gris fuera cielo efectivamente y no nubes bajas, ligeramente nauseabundas, claustrofóbicas. Sin embargo en esa tarde previa al fin del año el cielo estaba distinto, era como ver leche cortada, como el suelo en el desierto, el celeste vivo se cortaba por el blanco de las nubes. Se veía, por entre los edificios, hacia el oeste que el blanco era dorado y se iba inmaculando hasta llegar al mismo color de la luna que estaba atenta a salir. Que hermoso –dijo para sí mismo Harry- cuánto color…qué bonito. Se quedó contemplando debajo de aquella bóveda inacabable donde flotaban unas pequeñas manchas grises, ¡ese era el cielo de Lima! No, era retazos de ese cielo gris y obstinado. Eran pequeñas nubes, trocitos de algodón percudido que se movían parejos norte, mucho más abajo que aquel fondo celeste y blanco que tanto lo impactó. Bajó la mirada y buscó en su bolsillo un cigarro, lo encendió y echó a andar, a una cuadra se detuvo y volvió a ver hacia arriba. Cualquiera que lo hubiera visto habría pensado que tendría un tic bastante peculiar o que le comenzaba a sangrar la nariz cada cierto tiempo. Cuando vio el cielo otra vez, ya el celeste era violeta y el dorado naranja, y en medio de ambos un rosa tenue, tímido, fugaz.

lunes, enero 21, 2008

Retazos

Yo sabía que César tenía que morirse del corazón. Los dolores en el pecho se le iban haciendo más fuertes y los años se le colgaban de las pequeñas arrugas debajo de los pequeños ojos, y cuando abrazaba se estremecía como de frío. Angina, le dicen; los doctores insisten en llamarlos problemas cardiovasculares y calificaros, fulminantes, como un infarto, pero yo sé que es la enorme pena que implosiona todos los días adentro. La muerte de Victoria le cayó como encima como si Atlas bajara las manos de improvisto. Después de eso, y aunque siempre pensó que el único camino es hacia delante, fue consumiéndose en las noches de insomnio y con la cama fría por la ausencia. Las cosas de ella seguían ahí, tal como estaban antes que la llevaran al hospital como tantas otras veces esos tres meses finales. Era una vez más, una raya más al tigre. El cáncer que injustamente la fue devorando en silencio estaba, según los médicos que llaman a la pena infarto, controlado y encapsulado señora, usted no se preocupe que todo salió bien y a partir de ahora venga cada seis meses para sus chequeos, la señorita de la ventanilla uno le dará su cita ahora mismo si desea. Pero cuando la gripe se volvió inamovilidad y la sonrisa y los gritos de jovial ancianidad se le cortaron entre las quejas mudas, y el orín se tornó sangre, no quedó más que despedirse efusivamente y con la paz que dan esos momentos irremediables el último lunes, ante el presentimiento del colapso de su cuerpecito que, a esas alturas de la angustia, ya era un hecho consumado e irrefutable. El teléfono seguía en su lado de la cama y la pijama de Vicky aún, mal doblada, bajo la almohada. Los rosarios continuaban, como si hubieran estado ahí desde antes del tiempo, colgados en la pared, los papeles escritos, las cuentas y las boletas en los cajones y en los sobres que nadie movía y que jamás se empolvaban. La pena lo consumió. El cáncer a ella y la pena a él. Es como esos hoyos negros en el espacio que consumen todo, esos hoyos que los científicos no saben -por más que lo disimulen- qué son en realidad. Yo creo que es la pena enorme de Dios.

domingo, diciembre 23, 2007

Epitafio ideal de fin de año

La risa es como el amor. Lo mejor de ambos es cuando nacen, cuando explotan por sí mismos. La supernova de su sinceridad, la pequeña lágrima que nace con ellos. Cuando se enredan en el cuerpo, en los brazos abiertos que abrazan al mundo, la mañana, y los ojos que atraviesan los espacios insondables, que entran cómodos al pecho, al cuello, a los ojos que los ven y también entran.

Los mejor del amor es cuando te hace sonreír. Lo mejor de la risa es cuando te hace amar. Los mejor de ambos es el sabor detrás del paladar de como haber vencido al tiempo, es la respiración, el cosquilleo en los dedos que se tuercen; las pequeñas pausas, los espasmos, los latidos compartidos.

Lo peor de ambos no es cuando se detienen, es cuando ya no siguen más, cuando se agotan y quedan como el humo débil de una vela que no sobrevivió a la vigilia. Es cuando sabes que eso va a pasar, justo en el instante previo a que suceda. Lo peor de ambos es el silencio que les sigue, es apagarse, es cuando las manos caen y se nos arruga la frente, y nos encorvamos, cuando nos quedamos sentados sin nada que decir, más que recordar y manosear una última vez los que nunca más será.

Lo peor del amor es cuando te desvelas en silencio. Lo peor de la risa es cuando su silencio te desvela. Lo peor de ambos es extrañarlos, son los acordes menores que flotan alrededor, es la melancolía, es la nostalgia.

Lo peor de ambos es la lágrima que queda.

jueves, diciembre 20, 2007

El domingo por la tarde

-¿Me alcanzas el encendedor?-preguntó Tomás a la vez que lo señalaba sin verlo, como si fuera un tanto una orden y otro tanto una ayuda para encontrarlo.

-Acá está-respondió Alex y lo lanzó descuidado.

El cuarto no tenía mucha luz y la poca que se filtraba de esa tarde famélica entre las cortinas se ahogaba, como ellos, en el humo y el ronroneo de la música. Era domingo. Era la hora más muerta de la tarde.

-Creo que este bimestre ha sido bastante seco, pero seco como un tronco viejo, como el pasto quemado por el sol.- Espetó Tomás y dio una pitada- No sé por qué, pero creo que fue atareado, sin respiros.

-¿Qué hablas?

-Sí, en serio, ¿no te parece?- Alex ensayó un silencio, miró por las persianas y se dio media vuelta. Acercó el cenicero a la cama. La canción terminó y el silencio entre esa pista y la siguiente tuvo particular notoriedad. Comenzó Dazed and Confused.

-Oe, y...¿qué fue ayer?-, preguntó Alex.

- ¿Qué fue de qué?

-Qué fue de la flaquita esa pues, con la que estabas conversando.

-Estaba buena ¿no?, Es del Carmelitas, creo que se llama Sandra. Tomás dio otra pitada como para hacer memoria, pero fue tan útil como un salvavidas de granito.

-Sí, jaja, le mostraste el cuaderno que llevas en el morral ¿no?

-Sí, pero ¿qué tiene de malo?

-Nada compare', nada. Pásame otro pucho -Clik. El fuego sale en una llama más bien gorda. Primero se prende el papel del cigarrillo, luego el tabaco y la primera bocanada de humo. -El primer golpe de un pucho prendido con un Zippo es delicioso-Pausa-. Mejor si es en un fino cigarrillo de tabaco rubio. Tomás se queda viendo el humo, como si la frase de Alex se fuera a dibujar en el aire. Los dos se ríen.

-Me quito, ya van a ser las ocho, mañana tengo examen de mate, felizmente ya se acaba el año -dice Tomás. Se levanta, guarda su cajetilla en el bolsillo izquierdo, como lo hará hasta el día que se muera, y sus llaves en el derecho. -Ya nos vemos, despídeme de tus viejos.

-Nos vidrios. Ya se acaba el año, y se viene veranito, lindo veranito.

-Lindo veranito.

miércoles, diciembre 19, 2007

Caída

Este noviembre fue demasiado frío para mi gusto, demasiado seco, demasiado usado; fue un noviembre repetido, desgastado, como un discurso antiguo y obsoleto, como una despedida reiterativa de ocre y humo. Esto se siente ahora tan bien, por fin un poco de silencio. Es como estar frente al mar, frente a la sonrisa mía una nochebuena en la tarde. Ahora todo está borroso, empañado por la neblina, las páginas y las madrugadas y los ceniceros rebozando como pequeños volcanes desgraciados. Es solo este delicado aire rosándome el cabello y el frío sudor de las manos.

A veces todos necesitamos que alguien nos diga que todo va a salir bien, no importa si es en un libro, una canción, en cualquier contexto. Las cosas siempre pasan, se van y solo les queda el surco hecho en la frente cansada, sudando; la almohada y la luz que se consume en la oscuridad del cuarto que solo te tiene a ti, solo a ti.

Silencio

Puntos suspensivos.

Me siento cómodo, casi familiar en esta posición. Y mi mente está liberándose de todo. Me quedan los desvelos y las pausas enormes luego de amar, las soledades acumuladas bajo el pecho en la cama; me quedan también las mentiras que creí y los abrazos que saboreamos, me quedan, me quedan allá, lejos, en el primer paso y se hacen chiquititos, cada vez más pequeños a la distancia. Estoy cómodo.

El aire en mi rostro...

La caída fue rápida, los veinte pisos se hicieron nada, cortesía de la gravedad, y el golpe contra el pavimento fue seco, casi olímpico.

sábado, noviembre 03, 2007

Entretelones

Un rey, déspota, falso, pequeño, pálido y sonriente. Despiadado. Pasea por arrabales y barracones, pero usa pañuelos de seda una sola vez y los quema. Llegó al poder en medio de confusión clamando un derecho irrefutable sin comprobación. Cambió los lugares, los nombres y el tiempo para su beneficio y la memoria se volvió su cuaderno de borrador. Gobernó y vendió vidas en secreto, compró sueños y tomó en copas de hierro para olvidar su propio terror.

Gobernó y sonrió por años y todo era carnaval y sombras. Todo exageración y acostumbró a todos a vivir en un circo hecho teatro. Cada día, cada mes y hasta los años eran un guión que se corregía con edictos de urgencia. Prostitutas cocinaban para él y bailaba solo en su cuarto vistiendo las ropas de sus muertos secretos. Con ellos hablaba. Y los enemigos de la función eran sus entrañables amigos. Sus emisarios eran bufones a los que tiraba hojas embadurnadas en alquitrán y miel y se gozaba en ello, y se deleitaba en el perpetuo secreto de esa retorcida satisfacción. Se echaban como perros famélicos a sus pies y comían las uvas y las alas de pollo que les dejaba caer. Cada uno tiene un papel que representar, en la función todos son piezas que trabajan en sincronía, las que no, se borran mañana con otro edicto, y disolviendo se hacía más pequeño y las arrugas de su frente abismales.

Fue sacado por sus propias tramas enredadas y largado como un perro en una escena que ya no pudo controlar. Era un monstruo deformado de su sombra y sus carcajadas de enanos decibeles. Ahora la función era su defunción y huyó. La obra que tanto demoró en armar desde que cocía en secreto camisas en un taller destartalado cobró vida e inmaterial dominaba todo, se supeditó a las interpretaciones y sin saberlo. Huyó. Corrió y nadie lo vio hacerlo. Convenció a todos que ese día tenía ganas de trotar y se fue mientras envilecidos y por su propia mano comenzaron a perseguirlo, lo descubrieron en parte, pero dentro de la obra infinita que creó. Desde lejos llamaba a sus bufones que se maquillaron entre mercaderes y bailarinas, entre virreyes y aguateros.

Desde otras ciudades les hablaba a todos y muchos que lo aplaudía ya no lo querían y los cuerpos de aquellos muertos ignorados y minúsculos lo llamaban. Ahora libres de la prisión de sus sótanos clamaban la injusticia de sus atroces actos.

Un día llegó y pensó escribir otra vez en su cuaderno de hojas mostazas más capítulos, los tenía escritos en servilletas. Los escribía en sus camisas y en los hilos con que las zurcía. Detrás de sus orejas y de sus párpados y cuando dormía los leía soñaba los giros, los monólogos y los escenarios. Y aún dormido sonreía en una cama más elegante que la del reino que fue festín de sus aberraciones histriónicas. Y cuando fue coqueto a pasear pos las puertas septentrionales, pasó a las orientales y pescó en los ríos que salían con agua marrón. Entonces los cogieron y fue encerrado como sus amigos antiguos y salieron los bufones a defenderlo con malabares y alaridos. Con trajes y filosofías. Con autos apretados como gorgojos y música estridente. Todo cacofonía.

Lo escuchaban, pero le daban la espalda y no lo creía. Pero lo escuchaban y sus apuntes eran inútiles, eran ahora un idioma que no servía. Y se vio secundario. Ya no sonreía. Solo un poco, cuando nadie lo veía, mientras comía pasas en su cuarto gris y ocre sabiéndose todavía actor. Con un fetiche de él mismo se levantaba y solo agradecía el reconocimiento, a la academia. Era su Oscar honorífico.

lunes, octubre 22, 2007

Dos urgencias camino a casa

De manera espontánea pensó el argumento de un relato. Exactamente dos segundos después, justo antes de cruzar la esquina, su cuerpo decidió que era el momento preciso para estar sentado en el baño sin mayor compañía que un libro ya leído o un cigarro. Caminó de prisa concentrado en aquel argumento y en dominar su vientre hinchado, y concentrado en la tarea de concentrarse en ambas cosas.

A una cuadra sabía que un descuido en cualquiera de las dos áreas podría traer consecuencias indeseables. Se dedicó entonces a una cuarta y quinta labor: Pensar cuál de ambas no sería tan perjudicial descuidar y a reducir los intervalos entre pisada y pisada sin que llegue a ser tan absurdo como las caminatas que hacen algunos alrededor del Golf de San Isidro al amanecer y atardecer.

Una cuadra más cerca de casa pensó que acaso esos sujetos con ropa de deporte podrían tener la misma urgencia, de atender más de una urgencia, pero descartó la idea por considerarla muy simple en respuesta y muy difícil en probabilidad. Se pregunto entonces que si al menos uno de ellos pasaba por la susodicha situación, estando con un atuendo adecuado para el correr, por qué no lo hacía, uno no se viste para correr y sale a caminar, lo que si puede resultar de modo inverso, como en este caso en particular. ¿Por qué él no corría? No quería hacerlo y optó por no cuestionar las ausencias de trotes ajenas y no descuidar su historia. Aún no estaba claro si la mujer usaría una chompa roja o unos zapatos diminutos y dorados.

¿Debería correr? Ya solo faltaban dos cuadras más. Una a la derecha, cruzar la pista y listo. No contaba bajar las escaleras, cruzar el pasillo, esperar al ascensor, que suele estar en el décimo primer piso en situaciones análogas a ésta, subir, llegar a la reja, abrirla, cruzar otro pasillo más corto que el anterior, abrir la puerta que siempre estaba junta, caminar cinco metros y llegar, finalmente, al baño. El asunto de irse despojando de la ropa se veía en el tramo final del camino. De pronto un hincón en el vientre, como un rayón de tenedor en el plato. Despiadado y atinado. Metálico y áspero. Saca la mano del bolsillo y ponla en el preciso lugar del dolor, ya dejaste media cuadra atrás con sus luces encendiéndose y sus árboles pubertinos.

Ya hay una casa enteramente amoblada y cuatro diálogos encadenados pos sutiles datos que procuró maquillar y camuflar de él mismo para hallarlos luego. Una descripción que encontraba particularmente ingeniosa y veinte pasos menos para llegar.


El olor del café molido lo golpeó amablemente en el rostro y se detuvo. Siempre le gustó pasar por ese cafetín y mucho más el olor que de él se desprendía. Por ese momento olvidó sus apuros y comenzó a divagar motivado por el aroma, estimulado por un libro que deseó leer y por el hecho en sí de dejar sus pensamientos vagando como caracoles en un jardín. Pero el momento acabó y las urgencias que son la razón de ser de estas líneas lo sacudieron sin reparo. Observó a su alrededor y reconoció que se había quedado casi quieto y que los ojos se le habían entrecerrado. Retomó el camino y el hilo conductor de un argumento. Ya solo faltaba una cuadra, el sudor comenzaba a caer por su frente y a humedecer su pecho, sus manos se cerraron súbitamente por ese frío que casi las consume y otra vez la cuestión, correr o no correr, el tiempo se acababa, la postura iba mutando, cada vez más encorvado como un tronco viejo y el argumento tenía ya ocho capítulos, una despedida triste, seis locaciones y varios calendarios.


Correr o no correr. ¿Qué tan absurdo era hacerlo a estas alturas? ya estaba cerca a casa. Siempre ha considerado que una persona que corre se ve terriblemente ridícula, sin embargo ahí entran a tallar las justificaciones, por ejemplo, si la selección está jugando un partido de las eliminatorias mundialistas en calidad de visitante, pero se trata de un partido que no es definitivo en la tabla de puntuación, sin embargo la ciudad entera está atenta al encuentro contra un rival directo y vamos perdiendo, no falta mucho para que acabe y nos acercamos (sólo nos acercamos por desgracia) al empate, se entiende que alguien que corre lo hace para llegar a ver el partido. En primera instancia se entiende eso, porque lógicamente si quiere verlo, se detendría en una de las tantas tiendas, bares, restaurantes o demás donde hay una tele emitiendo el partido. Entonces no corre para ver el partido, no es tan probable como parece, ¿por qué correr entonces?


La berma. Sólo terminar de cruzar la pista y todo es cuestión de seguir la última parte del trayecto, la detallada ruta de acceso al edificio que culmina con él, finalmente, en el baño. Lo que sucedió no fue nada diferente a lo que se esperaba, la única diferencia fue que antes de llegar al baño, a medio camino en los cinco metros para llegar, recogió el cuaderno donde escribe cada vez menos y un lapicero que se empolvaba a su lado. Veinte minutos después, estaba, lo que podríamos decir, con un peso menos de encima y el cuaderno en las rodillas desnudas. Por fin se logró satisfacer ambas necesidades, el cuaderno estaba escrito, garabateado, rayado y sudado, había escrito como nunca, en trance, como había leído que otros escribían. Complació ambas urgencias a la vez y tras la expulsión se quedó pensado en la conversación que tuvo con una buena amiga días atrás.



"-¿Qué tal te fue con tu proyecto?


-Ahí está, mándame un texto, necesito adaptar un cuento o algo.


-Pero coge uno de mi blog, el que te dije.


-No, escribe uno en especial.


-Lo que pasa es que hace tiempo no puedo escribir por más que lo intento.


-Pero no te preocupes pues, ya podrás, es cuestión de tiempo.


-Mmm, no sé, es que estoy estreñido intelectualmente, supongo.

-...ok, jajaja".

Ya no estaba intelectualmente estreñido, ya no estaba estreñido en ningún sentido de la palabra. Sentado solo y respirando profundamente rió como no lo hacía hace buen tiempo y puso el punto final.

jueves, octubre 18, 2007

Descubrimientos cibernéticos

Siempre he pensado que las cosas salen a la luz de una u otra forma, más aún con todas estas cuestiones del interné y qué se yo. Así es que, divagando en páginas y blogs conocidos, encontré una historia digna de contarse, lamentablemente (para Víctor Adrían Luperdi Sotomayor) es real.


El delator, el publicador de verdades incomodas al mismísimo estilo de Al Gore, no es otro que un buen amigo de la universidad. En fin, no hay más que decir aparte de felicitar la iniciativa. Ustedes opinarán.