domingo, julio 05, 2009
Premonición
a un paso,
con el aliento siempre por salir,
la palabra no nata, la intención quebrada;
sus manos temblorosas
no se movieron nunca más en ese a punto de,
y los ojos,
–los propios y no los otros, esos tan otros y tan allá, al frente de uno–
juntos como hermanitos, en el borde del mismo del parpadeo
mirando lo quieto que se está
cuando la carne es piedra y el aire arena.
–La voz yace colgada, a esa misma hora, de una soga en un cuarto chico y solo, en alguna parte. Las manos muertas se balancean obstinadas en un violeta de octubre tan alegre y tan dos de la mañana–.
Y entre otras cosas, además.
Por eso bailas,
y tus pasos,
tuyos y de quienes los toman por tu gana de hacerlos suyos,
son los crueles picotazos del buitre en el vientre
y la roca, del otro lado,
eterna como el buitre, el picotazo y el baile,
cruel y sin decir, al menos, buenas noches.
jueves, mayo 14, 2009
Supernova inmóvil
como hincando. Prolongando
–en sí mismo–
su momento a siglo.
Te quedaste como besando
y el beso tuyo
–capullo, suspiro, gota–
se extendió,
en brutal erupción, al infinito.
Analogías
pétalos al viento,
a descubrir los contornos
de nuestros números supuestos.
Las coincidencias de mis dos,
las curvas de tus ochos
y las diferencias
de un tres y tu cinco.
Sospechamos
que adivinamos la suma espléndida
de nuestros ceros.
miércoles, abril 29, 2009
Qué
Qué si otra vez hacemos eso que hacemos cuando la noche avanza a un paso constante y soberano. Si compartimos, solo por instantes, la misma ansia y el mismo parpadeo. Qué si nos respiramos mutuamente. Qué si ya es tarde y otra vez es un recuerdo y estas letras.
Qué si estar echados es más cómodo y si conversar no es mejor que andar callados por el mismo lugar. Qué si nos vemos allá donde somos tú y yo y no acá, donde sospechamos serlo. Y qué si sabíamos desde antes todo esto. Si el poeta fue profeta y si la canción nunca sonó. Qué si no te describo en una sola línea y aún así lo acabo de hacer en cada letra. Qué si el quizá es un también.
Qué, dime, si estos dos que somos es uno y viceversa.
domingo, abril 26, 2009
Bienvenida
propiedad del tiempo–
hacia la puerta, el viento echa atrás mi cabello;
afuera, me ves. Ya no estás.
El viento echa atrás mi cabello.
La hoja última de la rama se desprende.
Atrás –con el viento– la rama, la hoja.
domingo, febrero 15, 2009
Eva
¿Qué tienes en los ojos? ¿Qué es eso que hace que mires las cosas que están más allá, que reconozcas muda el sentido original de lo que está sin ser visto, de lo que respira por debajo de la piel, de lo etéreo?
¿Qué es lo que ves? La mirada fija, seria, imperturbable que viaja por el espacio como el tiempo, sin culpas, sin piedades; libre de cualquier lazo que limite su explosión. Aquel observar diáfano que sabe el nombre de todo antes de conocerlo, que está un paso delante de lo que aún no existe, que pisa con pétrea seguridad el porvenir; que destila genuina pureza.
Nace de unos ojos enormes. Ojos que son océano. Tienen silencio y vida; ritmo y brisa que acaricia con manos imposibles a través de la piel y deja la sal tibia unos centímetros dentro del pecho, justo en el centro. Son estables en todo este caos: la semilla fértil del valle. El calor antes de dormir. La sonrisa que nace espontánea y hace que todo tenga un poco de sentido en la espera que a veces pesa tanto y a veces se soporta con paz cuando te veo y tus ojos dicen todo eso que no se puede traducir, pero que en este momento es perfectamente lógico. Necesario.
Las pausas en tu parpadeo son amables. Incorruptibles. Y hablan al oído susurrando secretos indescifrables de una época remota de la que no quedan más que sospechas entre sueños que desaparecen al despertar. De tus pupilas emana el lenguaje perfecto y desconocido, intraducible, comprensivo. Y su sentido anida en algún lugar, drenándose de cuando en cuando, como una savia que mantiene viva el alma con su denso y fresco compás.
Yo te observo absorto desde un rincón. Te veo ver, soberana, con la vista puesta más allá, viendo las cosas más allá de sí mismas. Te veo verme y en el momento en que nuestros ojos coinciden en el segundo preciso todo se vuelve un tanto más claro. Adivino el mensaje de las constelaciones que jamás he visto y una melodía comienza a volar entre ramas jóvenes que nacen y crecen alrededor.
Y busco cómo describir aquellas cosas que salen de tus ojos. Busco las palabras para nombrarlas y caigo en cuenta que no puedo hacerlo, más que viendo tus ojos. Viendo como me ves a los ojos. Viéndome verte cuando me ves.



















