Y si coincidimos en la descripción. Qué si nos adivinamos las frases que soltamos y los aromas, entre velos, que hemos tenido tantas veces antes y ahora, tan nuevos, los descubrimos mezclados en la ausencia. Qué si dormimos tres horas o doce. Si los cigarros, la neblina o los abrazos.
Qué si otra vez hacemos eso que hacemos cuando la noche avanza a un paso constante y soberano. Si compartimos, solo por instantes, la misma ansia y el mismo parpadeo. Qué si nos respiramos mutuamente. Qué si ya es tarde y otra vez es un recuerdo y estas letras.
Qué si estar echados es más cómodo y si conversar no es mejor que andar callados por el mismo lugar. Qué si nos vemos allá donde somos tú y yo y no acá, donde sospechamos serlo. Y qué si sabíamos desde antes todo esto. Si el poeta fue profeta y si la canción nunca sonó. Qué si no te describo en una sola línea y aún así lo acabo de hacer en cada letra. Qué si el quizá es un también.
Qué, dime, si estos dos que somos es uno y viceversa.
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miércoles, abril 29, 2009
viernes, enero 23, 2009
Una aproximación a Julio Amador
Si le preguntaran a Julio Amador si el acordeón que toca siempre ha estado así de desdentado, tardaría un poco en ordenar las impresiones archivadas días, meses, años, a través de sus dedos, pero finalmente respondería, con precisión erudita, que ahora tiene exactamente las mismas teclas que cuando se lo regalaron hace veintiún años. El mismo número, porque las que faltaban cuando se lo dieron ahora están, y son otras, en su lugar, las que se quebraron o desprendieron. Eso es normal, con el tiempo las cosas se quiebran o se desprenden, el resultado es el mismo: la ausencia.
El sonido que desprende su acordeón tiene algo extraño, hasta para el oído salvaje en temas musicales. Tiene algo, un brillo en las notas opacas, una contradicción que se saborea por encima del ruido del motor y de desquiciado murmullo de la ciudad que invade todo cuando se va en un bus a medio día. Julio Amador hace equilibrio apoyándose en una de las barras verticales del bus, flexiona las rodillas (para mantener mejor el equilibrio) y toca. Las composiciones no son suyas del todo. Es decir, son canciones que aprendió hace años, que fue sacando a oído, que su padre le enseñó, pero que con los años ha ido modificando, por puro gusto o porque su ceguera hizo que en algún momento confundiera la ubicación de una de las teclas y el movimiento mecánico de sus manos quedó para siempre con esa falla.
Su voz no se oye. Cuando habla, el ruido sepulta sus palabras a penas salen de su boca. Es como si esperara a que salieran las palabras, acechándolas y las devorara; desapareciendo a penas son pronunciadas, letra por letra. Solo existe en tanto toca. En tanto las notas salen con autoridad desconocida para sus palabras a tragarse, como vengándose, al ruido voraz, que ahora huye de la melodía. Soberana melodía que sale en espiral, con un centro frágil, y las progresiones se adueñan de todo, es un expandirse a través de los cuerpos que oyen sin atención y capturarlos sin avisarles; una continuación de los acordes, un dilatarse y volverse una esfera que los comprende a todos. Y todos, dentro de la esfera sin darse cuenta, tan fuera de la situación que no logran si quiera sospecharse dentro.
Julio Amador toca. Su música es una suave alteración. Es desordenada como él, pero sin ninguna culpa. Lleva notas por encima de otras notas, acompañamientos a destiempo, percudidos y con hilos desprendidos, como las mangas de su saco. Julio Amador lleva un morral flácido colgado del brazo izquierdo. Cuando acabe de tocar acomodará el acordeón y lo guardará ahí. Pedirá dinero a los pasajeros, pero nadie oirá su voz. El ruido contraatacará y devorará sus palabras. Julio Amador no ve las caras, no las ve ni en su imaginación. No ve nada. Desde hace años dejó de ver dentro de su ceguera, porque siendo ciego aún veía. Podía pasar por su mente momentos de su vida, y en su memoria estaban los colores de las faldas de su mamá, de los geranios del jardín; los brillos del acordeón negro de su papá, que Julio Amador gustaba pensar ahora en sus manos, luego de tantos años. Pero con el paso del tiempo su memoria fue dejando esos recuerdos desvanecerse y así Julio Amador se volvió doblemente ciego. Invidente de sus recuerdos y desde ese momento se sintió con el vértigo y la paz que da una caída libre que nunca acaba.
Julio Amador baja del bus. Camina a tumbos, pero con una certeza extraña, como si en verdad no fuera ciego del todo. Al bajar los escalones, camina unos pasos con el bastón partido y remachado que usa para guiarse y se sienta en una banca, cerca de una esquina. Saca con la mezcla de cariño y costumbre que se siente por los cónyuges el acordeón y toca. No piensa, no ve, en el fondo, Julio Amador está en silencio perfecto. Una tecla cae al piso y se parte. Julio Amador sigue tocando y el acordeón suelta un suspiro.
El sonido que desprende su acordeón tiene algo extraño, hasta para el oído salvaje en temas musicales. Tiene algo, un brillo en las notas opacas, una contradicción que se saborea por encima del ruido del motor y de desquiciado murmullo de la ciudad que invade todo cuando se va en un bus a medio día. Julio Amador hace equilibrio apoyándose en una de las barras verticales del bus, flexiona las rodillas (para mantener mejor el equilibrio) y toca. Las composiciones no son suyas del todo. Es decir, son canciones que aprendió hace años, que fue sacando a oído, que su padre le enseñó, pero que con los años ha ido modificando, por puro gusto o porque su ceguera hizo que en algún momento confundiera la ubicación de una de las teclas y el movimiento mecánico de sus manos quedó para siempre con esa falla.
Su voz no se oye. Cuando habla, el ruido sepulta sus palabras a penas salen de su boca. Es como si esperara a que salieran las palabras, acechándolas y las devorara; desapareciendo a penas son pronunciadas, letra por letra. Solo existe en tanto toca. En tanto las notas salen con autoridad desconocida para sus palabras a tragarse, como vengándose, al ruido voraz, que ahora huye de la melodía. Soberana melodía que sale en espiral, con un centro frágil, y las progresiones se adueñan de todo, es un expandirse a través de los cuerpos que oyen sin atención y capturarlos sin avisarles; una continuación de los acordes, un dilatarse y volverse una esfera que los comprende a todos. Y todos, dentro de la esfera sin darse cuenta, tan fuera de la situación que no logran si quiera sospecharse dentro.
Julio Amador toca. Su música es una suave alteración. Es desordenada como él, pero sin ninguna culpa. Lleva notas por encima de otras notas, acompañamientos a destiempo, percudidos y con hilos desprendidos, como las mangas de su saco. Julio Amador lleva un morral flácido colgado del brazo izquierdo. Cuando acabe de tocar acomodará el acordeón y lo guardará ahí. Pedirá dinero a los pasajeros, pero nadie oirá su voz. El ruido contraatacará y devorará sus palabras. Julio Amador no ve las caras, no las ve ni en su imaginación. No ve nada. Desde hace años dejó de ver dentro de su ceguera, porque siendo ciego aún veía. Podía pasar por su mente momentos de su vida, y en su memoria estaban los colores de las faldas de su mamá, de los geranios del jardín; los brillos del acordeón negro de su papá, que Julio Amador gustaba pensar ahora en sus manos, luego de tantos años. Pero con el paso del tiempo su memoria fue dejando esos recuerdos desvanecerse y así Julio Amador se volvió doblemente ciego. Invidente de sus recuerdos y desde ese momento se sintió con el vértigo y la paz que da una caída libre que nunca acaba.
Julio Amador baja del bus. Camina a tumbos, pero con una certeza extraña, como si en verdad no fuera ciego del todo. Al bajar los escalones, camina unos pasos con el bastón partido y remachado que usa para guiarse y se sienta en una banca, cerca de una esquina. Saca con la mezcla de cariño y costumbre que se siente por los cónyuges el acordeón y toca. No piensa, no ve, en el fondo, Julio Amador está en silencio perfecto. Una tecla cae al piso y se parte. Julio Amador sigue tocando y el acordeón suelta un suspiro.
lunes, enero 28, 2008
Retazos II
Hoy el cielo está hermoso, pensó Harry mirando hacia arriba como estúpido. El celeste estaba clarísimo, era como ver una impresión de alta definición. Por lo general el cielo de Lima es cerrado, patético, pero por encima de todo es gris y es por eso que se cambiaron roles, el gris impersonal y sofocante ya no es nube, es ahora cielo. Cuando se abre algún espacio en esta frazada ruinosa y se ve el cielo, parece que esa excepción fuera una nube, y que ese engrudo gris fuera cielo efectivamente y no nubes bajas, ligeramente nauseabundas, claustrofóbicas. Sin embargo en esa tarde previa al fin del año el cielo estaba distinto, era como ver leche cortada, como el suelo en el desierto, el celeste vivo se cortaba por el blanco de las nubes. Se veía, por entre los edificios, hacia el oeste que el blanco era dorado y se iba inmaculando hasta llegar al mismo color de la luna que estaba atenta a salir. Que hermoso –dijo para sí mismo Harry- cuánto color…qué bonito. Se quedó contemplando debajo de aquella bóveda inacabable donde flotaban unas pequeñas manchas grises, ¡ese era el cielo de Lima! No, era retazos de ese cielo gris y obstinado. Eran pequeñas nubes, trocitos de algodón percudido que se movían parejos norte, mucho más abajo que aquel fondo celeste y blanco que tanto lo impactó. Bajó la mirada y buscó en su bolsillo un cigarro, lo encendió y echó a andar, a una cuadra se detuvo y volvió a ver hacia arriba. Cualquiera que lo hubiera visto habría pensado que tendría un tic bastante peculiar o que le comenzaba a sangrar la nariz cada cierto tiempo. Cuando vio el cielo otra vez, ya el celeste era violeta y el dorado naranja, y en medio de ambos un rosa tenue, tímido, fugaz.
lunes, enero 21, 2008
Retazos
Yo sabía que César tenía que morirse del corazón. Los dolores en el pecho se le iban haciendo más fuertes y los años se le colgaban de las pequeñas arrugas debajo de los pequeños ojos, y cuando abrazaba se estremecía como de frío. Angina, le dicen; los doctores insisten en llamarlos problemas cardiovasculares y calificaros, fulminantes, como un infarto, pero yo sé que es la enorme pena que implosiona todos los días adentro. La muerte de Victoria le cayó como encima como si Atlas bajara las manos de improvisto. Después de eso, y aunque siempre pensó que el único camino es hacia delante, fue consumiéndose en las noches de insomnio y con la cama fría por la ausencia. Las cosas de ella seguían ahí, tal como estaban antes que la llevaran al hospital como tantas otras veces esos tres meses finales. Era una vez más, una raya más al tigre. El cáncer que injustamente la fue devorando en silencio estaba, según los médicos que llaman a la pena infarto, controlado y encapsulado señora, usted no se preocupe que todo salió bien y a partir de ahora venga cada seis meses para sus chequeos, la señorita de la ventanilla uno le dará su cita ahora mismo si desea. Pero cuando la gripe se volvió inamovilidad y la sonrisa y los gritos de jovial ancianidad se le cortaron entre las quejas mudas, y el orín se tornó sangre, no quedó más que despedirse efusivamente y con la paz que dan esos momentos irremediables el último lunes, ante el presentimiento del colapso de su cuerpecito que, a esas alturas de la angustia, ya era un hecho consumado e irrefutable. El teléfono seguía en su lado de la cama y la pijama de Vicky aún, mal doblada, bajo la almohada. Los rosarios continuaban, como si hubieran estado ahí desde antes del tiempo, colgados en la pared, los papeles escritos, las cuentas y las boletas en los cajones y en los sobres que nadie movía y que jamás se empolvaban. La pena lo consumió. El cáncer a ella y la pena a él. Es como esos hoyos negros en el espacio que consumen todo, esos hoyos que los científicos no saben -por más que lo disimulen- qué son en realidad. Yo creo que es la pena enorme de Dios.
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