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lunes, julio 27, 2009
A las tres de la mañana
Javier despertó y vio el reloj con algún esfuerzo. Eran las tres de la mañana en punto. Pensó: es una hora tan predecible, tan de guión. Se levantó, se sacudió por un escalofrío y puso un disco de Clapton. 'Three O' Clock Blues' comenzó a sonar. Era una elección evidente. Prendió un cigarro a oscuras y se echó sin ganas de dormir más.
La madrugada se movía lentamente. Una garúa percudida caía sin rigor sobre Lima. La brasa del cigarro y la luz verde del equipo de sonido alumbraban inútilmente el cuarto. Qué carajo, pensó Javier. El sonido de la guitarra, con metálicas trenzas hacía las funciones de frazada y de gotera. Una contradicción, pensó Javier, qué carajo.
Por la ventana se deslizaba una gota, solo una, sin que Javier la note. Iba bajando, haciendo algunas curvas en su camino. Se detenía. A Javier, en la cama, las manos heladas, los pies entumecidos, las legañas en el alma resfriada, le pesaban las ideas. Sus brazos largos se movía a penas, uno sobre el estómago con el vaivén de la respiración, otro llevando el cigarro a la boca y bajándolo hasta estar a punto de tocar el piso. Sube y baja y la gota, al otro lado, baja y baja.
Javier pensó en que no recordaba haber soñado nada. Hizo memoria: no recordaba haber soñado en un lapso indefinido que sospechó prolongado. Si alguien en ese momento aparecía frente a él y le preguntaba hace cuánto no soñaba, él no hubiera podido haber conjurado respuesta alguna. Eso lo perturbó. El humo le raspaba la garganta, la noche le arañaba los huesos, el tiempo le enterraba la cabeza.
La canción acabó. La gota cayó de la ventana. Javier apagó el cigarro , se echó a dormir y soñó que el olor de los jazmines a la seis de la tarde es un placer dado solo a algunos.
La madrugada se movía lentamente. Una garúa percudida caía sin rigor sobre Lima. La brasa del cigarro y la luz verde del equipo de sonido alumbraban inútilmente el cuarto. Qué carajo, pensó Javier. El sonido de la guitarra, con metálicas trenzas hacía las funciones de frazada y de gotera. Una contradicción, pensó Javier, qué carajo.
Por la ventana se deslizaba una gota, solo una, sin que Javier la note. Iba bajando, haciendo algunas curvas en su camino. Se detenía. A Javier, en la cama, las manos heladas, los pies entumecidos, las legañas en el alma resfriada, le pesaban las ideas. Sus brazos largos se movía a penas, uno sobre el estómago con el vaivén de la respiración, otro llevando el cigarro a la boca y bajándolo hasta estar a punto de tocar el piso. Sube y baja y la gota, al otro lado, baja y baja.
Javier pensó en que no recordaba haber soñado nada. Hizo memoria: no recordaba haber soñado en un lapso indefinido que sospechó prolongado. Si alguien en ese momento aparecía frente a él y le preguntaba hace cuánto no soñaba, él no hubiera podido haber conjurado respuesta alguna. Eso lo perturbó. El humo le raspaba la garganta, la noche le arañaba los huesos, el tiempo le enterraba la cabeza.
La canción acabó. La gota cayó de la ventana. Javier apagó el cigarro , se echó a dormir y soñó que el olor de los jazmines a la seis de la tarde es un placer dado solo a algunos.
miércoles, julio 30, 2008
La Valse d'Amelie
La música llena la sala. El piano va adueñándose del ambiente y lo comparte con el humo del cigarrillo que, fuera de ritmo, baila caprichosamente hasta desaparecer. Yo estoy quieto y veo las notas formar tu nombre en el aire. Andante. Quisiera poder tocar así, no sé quién es, pero está invocándote en cada tecla y sus silencios son los míos. Sus agudos son tus lágrimas, sus graves mis ideas nocturnas y sus silencios, los míos, otra vez.
Esta noche el mar enfría las calles. El piano sigue, constante en sus movimientos como el tiempo, inconsciente de cualquier cosa que escape a sí mismo, a todo lo que está más allá de él. Tu nombre reverbera sutil entre los compases. Contrapunto. Los cigarros, como las notas, no dejan de aparecer, uno tras otro, como si fueran uno, al igual que las notas. Y se deshacen en sí mismos, como las notas. Notas y humo. Teclas y cigarros. Y yo. Y tú, sabe Dios dónde.
Adagio. El humo se calma. Me entiende, es comprensivo esta noche, es compañía, es la reafirmación de la soledad, aquella soledad que es peor cuando es de noche y solo suena un piano y el crujir del cigarrillo consumirse sin haberlo tocado.
domingo, junio 24, 2007
Wish You Were Here
Con los ojos cerrados, y la boca ligeramente abierta, estuve inmóvil para siempre. De pronto, cuarenta y cinco grados respecto al piso sube inclemente el fulgor de aquella primera nota. Era dorada y se proyectaba inacabable mientras otras nacían tras de ella. Las más de doce mil personas nos transmutamos en una sola cosa, algo indescriptible, algo etérea, mientras las cuerdas seguían pariendo aquellas armonías tan lentas e intensas.
Luego del primer acorde comenzó el camino. Era una playa amplia, con esa soledad propia de las risas de madrugada; era una playa y un mar enorme. Era una playa que aún es, a las cinco de la tarde y era brisa y aliento y sal y otra risa más, una amiga del tiempo. El agua moja los pies, amable, más fría que tibia. El agua fluye y dentro del pecho nace una antorcha que va de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, meneando sus flamas y otra vez el mar a sus pies.
El mar. El mar y somos dos peces año tras año, mira como pasan los años. Entonces el solo y todos nos convertimos uno añorándonos. Extrañando a otros y a nosotros, cada uno a su manera esperando, solo esperando mientras cada nota se vuelve cada sensación pasada. Y en ese momento te volví a extrañar desde antes de hacerlo y volví a extrañarme hace años, y otra vez añoré el olor del jazmín en las noches de otoño. Y sin pensarlo, otra vez sonreí, con una nostalgia algo dulce, algo conciliadora.
Así, entre el mar y las caras algo calientes en el recuerdo y los ojos aun cerrados, la madera y la resonancia nos abrazaron a todos y a cada historia. Fue ahí, de pie en la explanada, en plena medianoche limeña que vi mis pies secos, y me di cuenta que era el pecho, adentro, al fondo, el que estaba aún húmedo con agua salada y jazmín.
Luego del primer acorde comenzó el camino. Era una playa amplia, con esa soledad propia de las risas de madrugada; era una playa y un mar enorme. Era una playa que aún es, a las cinco de la tarde y era brisa y aliento y sal y otra risa más, una amiga del tiempo. El agua moja los pies, amable, más fría que tibia. El agua fluye y dentro del pecho nace una antorcha que va de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, meneando sus flamas y otra vez el mar a sus pies.
El mar. El mar y somos dos peces año tras año, mira como pasan los años. Entonces el solo y todos nos convertimos uno añorándonos. Extrañando a otros y a nosotros, cada uno a su manera esperando, solo esperando mientras cada nota se vuelve cada sensación pasada. Y en ese momento te volví a extrañar desde antes de hacerlo y volví a extrañarme hace años, y otra vez añoré el olor del jazmín en las noches de otoño. Y sin pensarlo, otra vez sonreí, con una nostalgia algo dulce, algo conciliadora.
Así, entre el mar y las caras algo calientes en el recuerdo y los ojos aun cerrados, la madera y la resonancia nos abrazaron a todos y a cada historia. Fue ahí, de pie en la explanada, en plena medianoche limeña que vi mis pies secos, y me di cuenta que era el pecho, adentro, al fondo, el que estaba aún húmedo con agua salada y jazmín.
martes, marzo 13, 2007
Desahogo
Ayer fui al concierto de Roger Waters que hizo acá en Lima por la gira The Dark Side of the Moon Live, con mi papá, un amigo de siempre, uno de letras y otro de buenos conciertos. Traté de escribir algo al respecto, pero continúo abrumado, fue algo colosal. En estos días, cuando termine de procesar lo que experimenté ahí durante casi tres horas, ensayaré algún texto, aunque creo que saldrán más de un par.
Entre los formidables conciertos a los que he podido acudir (Jethro Tull, Santana y Uriah Heep), este, sin duda alguna, ha sido el mejor. Dejaré de escribir porque creo que solo puedo definir esta sensación como los remanentes del júbilo.
lunes, febrero 19, 2007
De citas y ansias
El cuarto estaba oscuro, repleto acaso de sombras que soñaste en alguna infancia, escondidas bajo la cama o tras la cortina de la ducha. Una leve luz entraba vaga por la pequeña ventana, pero se perdía sin mayor problema; un aire, el poco que ingresaba desde el jardín, refrescaba tímido el húmedo hedor de la habitación. Felipe abrió los ojos entre sueños y notó que Las Cuatro Estaciones de Vivaldi continuaban sonando; logró (creyó) reconocer la bucólica pasión de La Primavera, primer y famosísimo capitulo de la magnifica obra del pelirrojo italiano, a pesar que su concierto favorito era el cuarto, El Invierno. No se molestó en despertar o dormir, ni en acomodarse; pese al frío, no se abrigó, siquiera movió la desbaratada sábana. En ese estado de sub conciencia pensaba a intervalos[1] que era inevitable su destino, si es que éste existía. Los hechos, por casuales que parezcan, son una consecuencia de otros concatenados, de un efecto mariposa absorbente y envolvente, elaborado laberinto de fichas de dominó. Para ser exactos no pensó mucho, o en todo caso, lo hizo demasiado. Despertó con las primeras horas de la tarde.
Se sentó. En silencio Felipe ensayó algunas caras. Algunos gestos que suponía podían verse interesantes. Por el profundo sueño tenía el brazo izquierdo algo adormecido, sin embargo no le dio importancia. Estaba nervioso. Ansioso. Articuló en su cabeza cientos, tal vez miles de posibles frases. Cantidades de saludos y sus posibilidades. ¿Qué sería si entro y saludo de perfil izquierdo y sonriendo? ¿Si no hago más que un gesto cordial? Innumerables despedidas. Desparramó en la tarde de saturantes blancos sus ideas de cómo saludar, cómo actuar. Qué decir. Repasó una y otra vez sus líneas impuestas; recordaba que alguna vez años atrás, no recordaba quien y aunque lo intentó, el rostro se perdía entre la neblina que persistía en el ambiente, le comentó que si conoces a alguien debes repetir su nombre tres veces viéndolo fijamente y nunca olvidarás como se llama. Es una cita importante, merecía el esfuerzo, pensó.
En el devenir de aquella tarde, ¡Oh esperada tarde!, arregló su camisa. Era nueva y un poco estrecha, pero era la mejor que tenía. A comparación de las otras, no era de segunda mano, cosa que lo alegraba de sobremanera. Los bordes firmemente cosidos, el cuello suficientemente duro, los botones impecables. Como un niño se tiraba a sus anchas a soñar por momentos cómo le iría, mas esos ratos de nostálgica niñez no se prolongaban demasiado, apenas reconocíase divagando absorto en un universo de espejos, se despabilaba de inmediato. No toleraba, no se permitía, perder cada segundo de la espera, que saboreaba como aquellos cigarros que tanto extrañaba. Añoraba el fino humo del tabaco subir por entre sus dedos, rampar su cuerpo, emanar articulado de su boca y nariz. Es por mi bien -decía para sí-, y lo extrañaba más.
En estas cavilaciones se encontraba, cuando sin que lo espere (el único momento en que no lo esperaba) sonó la puerta. Al escuchar los golpes, más bien torpes, volteó. Supo que era el momento. Al abrirse la puerta Felipe sonrió. Estaba alterado de la emoción. Salió con el sujeto que lo fue a buscar. No conversaron mucho. Unas cuantas palabras sueltas y algún tópico recurrente como el clima aliviaron la tensión que mutó en una casi incontrolable emoción. Podía sentir que las rodillas le temblaban, pero se concentraba en caminar normal. Al bajar las escaleras sintió que esa labor era de proporciones absurdamente titánicas; cuando terminó de bajar el último peldaño y se dio cuenta que ya todo estaba bajo control, respiró aliviado, como al terminar una empresa que se creía imposible; en ese momento tuvo la certeza que bajar los escalones en su estado sí era virtualmente imposible y se sintió victorioso. El que fuera su interlocutor por espasmos brevísimos prendió un cigarrillo. Lo miró como sabiendo su antiguo y fallido amor con el pequeño paquetillo de tabaco y papel, tomó su encendedor y tras cruelmente saborear la colilla un momento, lo prendió y dio la primera bocanada (la mejor consideraba Felipe) de humo. Felipe trató en vano de ignorarlo. Pero el humo lo distrajo de sus nervios y sin saberlo esta nueva preocupación sepultó momentáneamente la anterior.
Inesperadamente, luego de perder la noción del tiempo y de la distancia recorrida, sintió una molestia. Sus ojos se apagaron y de ellos se colgó como una bolsa vieja y llena con las resacas de años ajenos y absolutos, con una enorme pena grisácea. Felipe lo notó. No comprendió el por qué. Siguió su camino, siempre acompañado externamente, pero profundamente solo. Al llegar a la entrada del salón todo cambió. Su rostro irradió luz. Ingresó completamente dueño de la situación. Afuera quedó el corpulento guía abocado a la única labor de encender otro cigarrillo más, sin reparar en que sería el octavo de la jornada. Saludó cordialmente a todos. Ahí estaba su sitio, esperándolo, invitándolo. Se recostó y murmuró algo sobre Vivaldi. En ese momento los años de situaciones resumidas que pasó esa tarde maquinando llegaron a un punto de quiebre. Todo estaba dispuesto. No había dudas, ni esperas, ni ansias. Era una nada completa y perfecta en la que se encontró feliz.
No recordaba como llegó a su habitación. Al verse dentro de ésta, se acomodó en el piso y recostó suavemente su cabeza sobre una de las paredes. La camisa de fuerza, ya no tan limpia, estaba ligeramente desajustada. Sonrió y se dejó llevar por las comprensivas notas del violín. Era Vivaldi. Era El invierno. Era feliz.
[1] Vana labor sería determinar si eran segundos, horas o incluso días. En aclaración para diversión y ayuda al lector, y no menos motivado por un afán de explicar vacíos, acaso se trataba de una constante todas las noches o en virtud de las abstracciones del caso, esa noche fueron todas sus noches y sólo una. La de un sueño amargo.
domingo, febrero 04, 2007
Exquisita Interpretación -monólogo-
Dedicado a G.C.G.
Leer el texto escuchando "The Great Gig in the Sky", quinto track del álbum "The Dark Side of the Moon", de Pink Floyd. Preferentemente a partir del minuto y siete segundos de comenzada la canción. Dicha canción figura al final de la lista de música de este blog.
Es un nacer-como una ópera-;
cualquiera escucha un grito,
pero hay que ser hondo para ver.
¡Mira!, ahí están los caminos.
Suave.
Tengo el mundo a mis pies,
pero tampoco lo tengo.
Ahí está.
…
Recoge los pescados de la canasta
y: toma.
Tranquilo;
el renacer.
Ven, camina conmigo si quieres.
Esto es.
viernes, diciembre 08, 2006
Pedagogía, historia y una radio *
ICuando iba en el taxi, el reloj del tablero marcaba las 2:05 a.m. con sus tenues luces verdes. El sueño me iba venciendo y el camino era largo. Radiomar Plus y la salsa dura con estridentes decibeles que generosa escupían los parlantes y algún aplauso esporádico de Hugo, el taxista, más que molestarme, me adormecieron. Como una cuarentona regia de gimnasio cede a un chocolate, asolapada en el baño, cedí al sueño. He aquí lo que soñé:
Daban las 7 y cuarto de la mañana y el dorado sol de Saint Luis entraba a por la ventana. Nikola se despertó como todas las mañanas y lo primero que hizo fue arreglar su delgado bigote. Luego de rascar lo que debía rascar y bostezar más que un hipopótamo desvelado, se levantó y pensó frente al espejo del baño en las bases teóricas de la propagación de ondas electromagnéticas, descritas por primera vez por James Clerk Maxwell en un documento dirigido a la Royal Society titulado “Una teoría dinámica del campo electromagnético”, el cual describía su trabajo entre los años 1861 y 1865. Tesla siempre pensaba en ello, y la amplia frente se le arrugaba mientras cada detalle se acomodaba en su cerebro. Sonrío. Le gustaba ver su cara con esa expresión. Reconocía que era lánguida, un poco cónica con la punta en el mentón, pero así se veía misterioso, intelectual, como un paso delante de los demás. Daría un paso adelante, él lo sabía. Lo sentía viceralmente.
Con su acostumbrado traje negro, hizo su primera demostración pública de radiocomunicación en 1893. Con el mismo traje en el Franklin Institute de Filadelfia y en la National Electric Light Association describió y demostró en detalle los principios de la radiocomunicación. Sus aparatos contenían ya todos los elementos que fueron utilizados en los sistemas de radio hasta el desarrollo de los tubos de vacío.
Antes que él, Heinrich Rudolf Hertz, entre 1886 y 1888 afirmó que las ondas se propagaban a una velocidad electromagnética similar a la velocidad de la luz, y sentó las bases para el envío de las primeras señales. A su vez, el ingeniero ruso Alexander Popov, en 1889, fue quien reprodujo las experiencias de Hertz y observó que la sensibilidad del cohesor (reveladores de ondas electromagnéticas), aumentaban al conectarlos a un hilo conductor que suspendió a una cometa, inventando así la antena. La madre Rusia considera a Popov como el autentico inventor de la radio. Y no se les diga más, que debajo de cada ruso, rascando bien, se encuentra un cosaco. Tesla sabía ello y de hecho sin ello no hubiera podido perseguir su sueño de la comunicación global.
En Estados Unidos, algunos desarrollos clave en los comienzos de la historia de la radio fueron creados y patentados en 1897 por Tesla. No obstante, la Oficina de Patentes de EE.UU. revocó su decisión en 1904 y adjudicó a Guglielmo Marconi una patente por la invención de la radio, dicen que sus amigos Thomas Alva Edison y Andrew Carnegie, algo tuvieron que ver en el cambio de parecer. Tesla lo sabía, pero también sabía cual era su mérito. Siempre lo supo y con el bigote bien peinado fue feliz, a su bizarra manera, como le encantaba serlo. La patente de Tesla número 645576 fue restablecida en 1943 por la Corte Suprema de Estados Unidos, poco tiempo después de su muerte. La decisión estaba basada en el hecho de que había un trabajo preexistente antes del establecimiento de la patente de Marconi. La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida. Me despierto y no es Tesla cantándole el estribillo a Marconi, cachoso en el más allá. Es Hugo que parece que de acá se va al Tropical a recoger a los salseros que se van a su casa cuando la noche acaba. Aún no estoy sólo en el taxi. Falta dejar a dos más. Ojalá no sea yo el último, pensé, que este gordito sabrosón puede ser medio chorizo y pierdo. Me importa poco o nada, total ni para el taxi tengo. Vuelvo a dormir.
Es Nochebuena de 1906. Así al menos lo muestra el almanaque en la mesa. Reginald Fessenden está de más nervioso y no deja de acomodarse el escaso cabello. Su cigarro se está acabando y busca el siguiente en el bolsillo secreto del chaleco. Lo prendió antes de terminar el que tenía en la boca y así, transfigurándose en una chimenea de ingenio y coleterol transmitió -utilizando el principio heterodino- desde Brant Rock Station, en Massachussets, la primera radiodifusión de audio de la historia. Buques en el mar pudieron oír una emisión que incluía a Fessenden tocando al violín la canción “O Holy Night” y leyendo un pasaje de la Biblia. Fue definitivamente una noche muy buena para el canoso Reginald.
II
Un cuetón. ¡Feliz Navidad! No. Es mi cabeza la que produjo el sonido. Me fui de cráneo contra el vidrio. Esto me va a doler mucho mañana -o en unas horas- pienso y me sobo resignado. Aparte de la risa de mis dos acompañantes, escucho la aguerdientosa voz de Hugo. ¿Estás bien colora’o? Tremendo golpe que te has metido. Sino quebraba, ese animal hacía que nos reventemos contra el poste. No le creo. Las risas lo desmienten. Pero Hugo se siente culpable de haber dado una curva cerrada por las puras y que aparte de subírsele el ego creyéndose Schumacher, casi me reviento el occipital contra el vidrio. No te preocupes gordito, con tal que llegue en una pieza a mi casa, estamos bien, total igual me iba a doler la cabeza al despertar.
Vuelvo a cerrar los ojos, por el persistente sueño o por la probable contusión. Es un lugar más conocido. Mas limpio y menos tugurizado de como lo conozco. Es la Lima de 1925. Se forma el consorcio peruano-británico Peruvian Broadcasting Co., de la Estación OAX , la cual pasó a depender del Estado al año siguiente. En base a esta broadcasting y la experiencia de los servicios de radiocomunicaciones del Ejército y la Marina es que el Estado encarga a la Marconi Wireless Telegraph Co. la instalación de una moderna y potente estación radial, que fue inaugurada el 30 de enero de 1937 con el nombre de Radio Nacional del Perú. Que bien que nos iba. ¡Qué rápido pasan los años!
La prodigiosa voz de Ima Súmac y la elegante pasión de Chabuca Granda, desfilaron a través del tiempo, en aquella cabina. Ahora son los cuarentas y las radionovelas son la moda. Norah es niña, y está creciendo con ellas. Ya fantasea con sus amores y llora en silencio, a veces, en su cuarto sus dramas, pues empieza a sentirlos en carne propia.
Ernesto tiene 19 años y es fanático de Led Zeppelín y Slade. Doble 9 a todo volumen. Norah lo ve pelucón y le pregunta porqué se está dejando el bigote, qué importa -piensa-, ya se le pasará, ignorando que cumplirá cincuenta y seguirá con el adorno facial. Aún no termina el solo de Jimmy Page, cuando entra Tavo. El pantalón de boca ancha y el polo apretado con un estampado de Pink Floyd se los acaba de comprar. No dice nada hasta que acaba la canción, se limitan a escuchrla y gozarse en el rock and roll. ¿Vamos? Hoy somos, Javier está con el carro afuera -dice Tavo acomodándose el ensortijado pelo-. Bajan las escaleras. Las calles miraflorinas, tan suyas, los esperan para un viernes, que como todos, promete diversión, música y una pelea, quién sabe. Ya cruzaron la sala y antes de cerrar la puerta Norah grita “¡Bájame el volumen pues hijito, hasta acá se escucha tu bulla!”, Ernesto regresa corriendo, entra al cuarto y dice, Ma, no llego tarde, apágala tu porfa. Le da un beso en la frente y sonríe. Su mamá sonríe también. Ya mi amor, le dice. Subiendo se pregunta qué pasó para que pasen esa música en la radio y extrañó infinitamente ser niña y escuchar las radionovelas con sus hermanas, soñando cómo sería ser grande, amar y ser amada. Cómo sería tener un hijo. Pero extraña aún más al Ernestito chico, el que aún no salía de noche con sus amigos y no escuchaba rock a todo volumen. Esto se escucha hasta Magdalena, que horror, y apaga la radio.
III
Ya bájate, yo de acá me voy a mi jato me dice Daniel. Llegamos a mi casa. Veo el reloj y son casi las 2.40 a.m. Chau cabezón, le digo. Me despido de Hugo. Ponte hielo en la mitra vocifera; se ríe mientras arranca por la desierta y fría Benavides y Daniel lo acompaña con alguna carcajada. Los veo hasta que dobla la esquina y entra embalado por Larco. Yo también me río y me sobo la cabeza. No me duele, seguro soy un cabeza dura.
Subo y me saco los zapatos. No por querer pasar desapercibido, mi departamento es del tamaño de una cajita de fósforos, es más bien por comodidad. Pienso que debo comprarme un talco. Me hecho en la cama y duermo profundamente.
Ya en la mañana, por poco mediodía, me levanto. Voy donde mi papá y está con mi padrino. Hola tío Tavo, le digo. Están escuchando música, es Doble nueve, un programa de rock clásico sabatino. Me quedo con los dos escuchando una canción de Frampton, los tres tarareamos, pero no sabemos más que el coro. Ernesto acompáñame al taller a ver mi carro, dice mi padrino y éste acepta. Salimos juntos.
-¿Dónde vas a estar?, me pregunta.
-Donde Axel, acá nomás.
-¿Qué le llevas?
-Es el disco de Tesla, él también lo tiene, pero se le rayó, contesto.
-Ah ya, ese grupo es bueno, como los grandes, me dice, lo dice al aire.
Se va con mi tío. Yo sigo caminando hacia la casa de Axel y veo la portada del disco, donde figura ególatra el nombre del grupo en casi toda la superficie. Sino fuera por ti –pienso en voz alta, aunque también se lo digo a Nikola, donde quiera que esté- no tendría nombre este grupo y no tendría donde escucharlo tampoco. Ya llegué. Silbo, luego toco el timbre y me froto la cabeza, sí dolió el golpe.
*Texto escrito en principios de setiembre del 2006
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