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viernes, mayo 16, 2008

Ganas-texto breve

Hoy tengo ganas de amanecer con un vaso medio lleno en la mano y con humo escalando mis brazos y coqueteándome tras las orejas, quedándose en mi cabello. Quiero hablar de ti toda la noche sin decir tu nombre, sin llamarte para no verte y morirme de ganas de hacerlo. Quiero dar vueltas, caminar entre las calles mías que tantas veces compartimos, de un lado al otro, entre la neblina, como si tuviera que ir entre este vapor helado y percudido y quebrarlo, impregnarlo de mí y de mis palabras que son tú con otro nombre, que tienen tus olores y tu sonrisa, otra vez la sonrisa que sueltas cuando tomas, otra vez, y ahora tengo ganas de sonreírte y esa sonrisa, aquella tuya que se me hace mía en noches como esta, me da vueltas y el humo que sube, y el vaso que se llena, y la sonrisa que vuelve y la luz dorada que nace del poste en la neblina, y el humo que sale de mi nariz dibujando tu sonrisa, otra vez, frente a mí cuando cierro los ojos y la veo ahí, cerca, tan cerca, cuando cierro los ojos y está ahí frente a mí, esta noche, otra vez.

Amaneceré caminando, quizá sentado, con un vaso medio lleno, terco, con humo saliendo por mi nariz y dibujándote, dibujando la sonrisa y los ojos que se te hacen diminutos al sonreír, tras de mi con el humo que se va gentil, humano, mío.

sábado, setiembre 29, 2007

El cigarro y el café

Tenía el mentón y algunos ángulos de la nariz de roble y a veces de Al Pacino interpretando a un coronel ciego. El cabello, siempre limpio, siempre suave, siempre entrecano, peinado hacia atrás. ¿Recuerdas cómo te quedabas inmóvil a veces contemplando el vapor del café en la medialuz del comedor? De ti me quedó lo de tomar café y acaso también la afición por el cigarro, que si no es por ti, es para ti en un homenaje o en un recuerdo, en fin.

Hoy es tarde que se muere. Es tarde fría en las manos, recurrente, y las moras siguen tal como las dejaste acá en la calle Berlín. A veces caminaba hasta tarde en la noche. A veces camino yo también por Miraflores y me gozo en silencio en sus garúas. Voy por calles que transito desde antes de conocer y me paro en una esquina a ver como la noche me ve desde arriba.

Tenía la piel nacarada y la frente amplia. Su andar, pausado y seguro parecía el del tiempo. Era duro y firme y los te quiero se le escapaban con mucho esfuerzo por un huequito pequeño en la piel, luego abrían los brazos libres y eran enormes y hermosos, como un atardecer que es tan grande que es amanecer y de nuevo atardecer. Fumaba cigarrillos Hamilton, usaba de cuando en cuando un gabán negro de aires solemnes y no tomaba muy en serio el color de las casas.

Algunas noches me quedo, como en esta noche que nace prematura, pensándote y recuerdo el mantra que me regalaste, veo el cuadro que me regalaste y las lecciones que también me regalaste a tu manera, me echo de nuevo en la cama y otra vez es una noche pretérita y otra vez me abrazas con esas manos grandes de huesos sólidos y egocéntricos, ya es hora de dormir. Hasta mañana.

martes, mayo 22, 2007

La Espera I

Esperé sentado hasta que el frío era lo único que sentía. Detrás quedó el temblor de mis manos y la bocanada de humo antes de dejar caer el cigarro. El aire entraba helado por mi nariz, y aunque eso me daba cierta paz, también creaba una ansiedad que, lenta y como un depredador, avanzaba por la boca de mi estomago y rampaba hacia mi esternón.

De cuando en cuando recuerdo, no del todo bien, volteaba a ver algo hacia algún lado. Afinaba el oído al silencio total y a las conversaciones lejanas que sostenían extraños al pasar, dejaba al tiempo transcurrir, dejaba que se olvide de mí yo me dejaba olvidarlo también.

Luego de caminar y dormir, sólo me quedó el recuerdo de la garúa, el frío en el fémur y las calles miraflorinas tatuadas, como siempre y desde siempre, tras los párpados. Aún no eran las cinco de la mañana, pero el descanso parecía suficiente. Me levanté y preparé un café. Tomándolo, con el primer cigarro de la mañana que nacía a duras penas, seguí esperando.